Año 2017 de nuestra era.
Tras nefastas acciones políticas de la Izmierda nuestra patria vive inmersa en una guerra civil. Todo lo que antaño fuese digno de amar en nuestra convulsa nación ha quedado reducido a cenizas, dejando paso a un nuevo periodo en nuestra ibérica historia: MAZP MAX
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20 de diciembre de 2007

Diario del soldado Aguador (III)

La Jonquera, Gerona. 4 de noviembre de 2017 del calendario antiguo. Hora indeterminada.

Eso era. El soldado Aguador no estaba allí. Perfectamente asimilada la enseñanza del Agente Especial Asomado, el soldado Aguador se aferró a ese recuerdo bonito llamado Soldado Pere. Algunas lenguas envidiosas decían que ella era la protegida del Coronel Zapataplús, pero luego se vio que no, que si había llegado a donde había llegado fue por más que sobrados méritos propios. Coincidieron brevemente en el campo de entrenamiento de Operaciones Especiales del MAZP. Ambos llevaban ya un tiempo luchando contra los progres y el mando consideró que ya estaban lo suficientemente capacitados para entrar a formar parte de «cosas mayores».

Aunque al final formaron una familia todos ellos (el duro entrenamiento siempre une más de lo que podría parecer), el primer encuentro entre la Soldado Pere y el Soldado Aguador no fue muy glorioso que digamos. Él trataba de vencer su timidez en el primer día de campamento. Fue el primero en llegar y se autodesignó «comité de recepción» de todos los demás. Iban llegando poco a poco, con cuentagotas. Así que cuando ella llegó, el intercambio de saludos fue más o menos éste

—Hola, ¿qué tal? —dijo, amistosamente él.

Ella, sin mirarle, respondió un seco:

—Bien.

El Soldado Aguador ignoró el tono e insistió en hacerse el simpático.

— ¿Qué, vivimos para el MAZP, eh? —le dijo, intentando iniciar una conversación.

La Soldado Pere le clavó brevemente una mirada taladrante de las suyas, y torciendo el gesto, respondió:

— ¿Qué, vivimos para dar el coñazo, eh?

La respuesta provocó en el Soldado Aguador un estado de shock temporal: quedó más aplastado que un soufflé de gambas y sintió que había metido la pata hasta la ingle. No se hablaron durante una semana. Además, en dos palabras se podía condensar lo que en esos momentos pensaba el uno del otro. Si a ella le hubiesen pedido que definiese a su camarada Aguador, ella hubiera dicho: «Payaso y gilipollas». Y si hubiesen hecho lo propio con Aguador, él hubiera contestado: «Arrogante y estúpida». De hecho, él no habló con nadie durante una semana. Ella siguió su curso natural y él se concentraba exclusivamente en el aprendizaje. Luego, en uno de los ejercicios del entrenamiento le correspondió emparejarse con ella; a partir de ese día ya se estableció una corriente de simpatía entre ellos. Ya eran camaradas, como con todos los demás. Y el grupo se había convertido en algo físico, tangible, compacto. Incluso el Coronel Zapataplús, en una breve visita que hizo al campamento, se mostró gratamente sorprendido por el nivel de camaradería alcanzado por el grupo. En la arenga que el Coronel les lanzó, sus palabras resonaban vibrantes y llenaban de electricidad a los miembros del campamento:

— ¡Soldados! La Resistencia se siente orgullosa de vosotros. Habéis alcanzado un nivel inimaginable en vosotros hace escasamente un año. Pero habéis trabajado duro y a la vista están los resultados: os habéis convertido en una unidad de élite de la Resistencia. ¡Sois los mejores! Llegarán días duros, ¡os lo garantizo! Pero la energía, la fuerza y la camaradería que percibo aquí entre vosotros irá allá donde vosotros vayáis, en todo momento os acompañará y no permitirá que desfallezcáis ante ninguna adversidad.

El Coronel se detuvo un momento, para percibir la corriente de energía que se había generado entre los miembros del MAZP. Luego, prosiguió:

—Recordad que el enemigo no descansa nunca. Y, ante todo, no perdáis el humor —los soldados sonrieron brevemente—. El humor es muy importante en esta guerra que estamos librando contra la R.P. Es nuestra arma secreta —recalcó bien las palabras—, con la que la R.P. no cuenta para nada. Y eso será lo que les haga perder la guerra. Pero no hay que adelantar acontecimientos. De momento, sabed que el mando está enterado de que vuestra preparación es excelente y que se os tiene en gran estima. Así, pues, gritad conmigo: ¡La cabeza!

— ¡Alta! —contestaron a una los soldados—.

— ¡Los ojos! —gritó el coronel—.

— ¡Abiertos! —respondió la tropa—.

— ¡Las manos! —incitó por última vez el Coronel—.

— ¡Empuñando la libertad! —todos a una, el Coronel también.

Con este pronunciamiento solemne del lema y después de saludar militarmente terminó la visita del Coronel Zapataplús.


* * *

Ah, el humor... La consciencia regresó por un instante al cuerpo. Volvió a ver el retrato de la histérica Pilar Bardem cabalgando infatigable en la pared. ¡Dios, cómo le dolía todo! Pensó un momento en su amigo el Capitán Daniel, recientemente ascendido a Comandante y enviado a Alemania en misión especial. Pensó en la esposa de éste, María, y en Danielín, su hijito de corta edad (¡ya había cumplido cinco añitos la criatura). Recordaba muy bien que hablando una larga tarde de verano, Daniel había decidido incorporarse al MAZP. Su mujer expresaba cierto temor:

—Daniel, ten cuidado con lo que haces. Puede traernos problemas, sobre todo al niño.

Daniel, después de reflexionar unos segundos muy largos, dijo lentamente:

—Si no lucho por aquello en lo que creo, ni nosotros ni él tendremos futuro. Y hoy, la posibilidad de defender ese futuro está en el MAZP.

María suspiró. Sabía que cuando Daniel hablaba con cierto tono y en cierta manera, no había nada que discutir. El soldado Aguador permaneció en silencio, puesto que no era aquella discusión la más propicia para terciar. María habló después de un silencio, sopesando muy bien las palabras. Sabía que debía expresar sus sentimientos, pero sin herirle.

—Daniel, sé que nos esperan tiempos difíciles. No me es fácil comprender por qué nos tienes que abandonar precisamente ahora. No se te ha perdido nada en ninguna guerra. Cuando me casé contigo esperaba vivir por siempre una vida tranquila, trabajando cada uno en lo nuestro y cuidando y viendo crecer a nuestros hijos. Parece que los tiempos se nos vuelven en contra. Pero ve, lucha por aquello en lo que crees y vuelve. Nosotros dos estaremos aquí, esperándote.

Daniel se emocionó al oír estas palabras de su mujer y la abrazó. Sintió claramente cómo ella extendía su amor sobre él para que le protegiera de todo mal. También abrazó a Danielín. Éste, muy avispado ya para su edad, le preguntó:

—Papá, ¿qué es la guerra?

Todos los presentes y en especial Daniel, sintieron un nudo en la garganta. Daniel, tragando saliva e impidiendo que una lágrima tonta resbalara sobre su rostro, le dijo:

—Danielín, la guerra es algo —la voz se le velaba, pero consiguió continuar— … que papá va a hacer ahora para que tú no tengas que hacerlo nunca más.

Danielín le miró sin comprender, pero se abrazó a su madre en cuanto vio que ésta empezaba a llorar.

* * *


Era interesante que el Soldado Aguador hubiese recordado eso del humor. El Jefe y el Bruto ya llevaban varias horas de interrogatorio y sólo habían conseguido unas expresiones placenteras, cuando no el silencio absoluto o un intento de risa. Por fuera, el soldado Aguador estaría hecho un guiñapo; pero por dentro estaba completamente entero. El Jefe y el Bruto estaban desesperados con él porque ya no era capaz de articular aparentemente una palabra coherente. El Bruto estaba cabizbajo, mientras el Jefe recorría furioso la habitación:

Tota aquesta estona que portem amb ell, i no ens ha dit una punyetera merda! —bramaba, desesperado—. I què collons diré jo a Barcelona quan sàpiguen que no he pogut amb un membre del MAZP? O a Madrit? Bé, als de Madrit que els bombin. Però als d'aquí... ai, als d'aquí! M'enviaran al Camp de Reeducació d'Olot a omplir informes.(1)

En ese preciso momento se dieron cuenta de que el soldado Aguador, todavía medio inconsciente, mostraba una sonrisa de oreja a oreja.

El Jefe le miró.

— I tu, què tens ara? —casi escupió las palabras—.

El soldado Aguador intentó sonreír, pero ya no podía. Empezó a balbucear unas palabras, al principio incomprensibles. El Jefe ordenó al Bruto:

Vinga, un tros de paper, i apunta tot el que digui!(2) —gritó—.

Però… senyor… jo no en sé, de castellà(3) .

Esto detuvo una milésima de segundo al Jefe.

És clar, és clar. A la República ja no s'ensenya castellà als pobres des que es va suprimir al 2010. Bé, és igual. Ja en prendré jo, de nota(4).

Prestaron atención a lo que el soldado Aguador trataba de balbucear. Tenía los labios hinchados por la deshidratación sufrida antes y durante el interrogatorio. Pero el hecho cierto era que los movía y por eso el Jefe, armado ahora con papel y lápiz, trataba de descifrar lo que decía el soldado Aguador, en su inconsciencia. Las palabras que decía quedaron así, más o menos…

« ¿Queréis… problemas? Pues escuchad… nuestro… lema… Para proteger… al mundo de la… devastación… Para unir a todos los… pueblos en una sola nación…—el Soldado Aguador se detuvo un momento, por el gran esfuerzo realizado— Para denunciar… a los enemigos de la verdad… y el amor… Para extender nuestro… poder más allá del espacio… exterior…. ¡Jessie!... ¡James!... El Team Rocket despega… a la velocidad de la luz. ¡Rendíos ahora… o preparaos para… luchar…».

El Jefe sonrió. Ya tenían tres nombres: el de un equipo llamado Team Rocket y el de sus dos colaboradores, unos tales «Jessie» y «James».

El soldado Aguador trató de reírse, pero sólo le salió una tos convulsa. El Bruto, que intuyó correctamente que se burlaba, le propinó un bofetón tal que, ahora sí, el soldado Aguador quedó inconsciente.

El Jefe exclamó, tras comprobar que estaba realmente sin sentido:

Imbècil! Li has fotut massa fort!(5)

El Bruto trató de disculparse.

Però, senyor... jo...(6)

Res de peròs —cortó en seco el Jefe, añadiendo con un tono helado—. Has infringit el paràgraf 3 de l'article 422 relatiu del Codi Policial de la República, relatiu al tractament dels presoners als interrogatoris, i que estableix que es procurarà mantenir mínimament conscient per tots els mitjans al presoner sempre que aquest pugui subministrar una informació útil. Demà et presentaràs a les vuit del matí amb l'equip complet. Farem una mica d'instrucció i et refrescaré el Codi, d'acord?(7).

Pero aún no se habían percatado de la magnitud de la broma que les había gastado Aguador.




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  1. ¡Todo este rato que estamos con él y todavía no nos ha dicho una puñetera mierda! ¿Y qué cojones voy a decir yo en Barcelona cuando sepan que no he podido con un miembro del MAZP? ¿Y en Madrid? Bueno, a los de Madrid que les jodan. Pero a los de aquí… ¡ay, los de aquí! Me enviarán al Campo de Reeducación de Olot a rellenar informes.
  2. ¿Y a ti qué te pasa ahora?
  3. Venga, un trozo de papel y apunta todo lo que diga.
  4. Pero, señor… yo no sé nada de castellano…
  5. Claro, claro… En la República no se enseña castellano a los pobres desde que se suprimió en el año 2010. Bueno, es igual. Tomaré yo nota.
  6. ¡Imbécil! Le has dado demasiado fuerte.
  7. Pero… señor… yo…
  8. Nada de peros. Has infringido el párrafo segundo del artículo 422 del Código Policial de la República, relativo al tratamiento de pesos en los interrogatorios, que establece que se tratará por todos los medios posibles de mantener al interrogado en estado de conciencia mínimamente plena a los efectos de que pudiera suministrar una información útil. Mañana te presentarás a las 8 de la mañana con el equipo completo. Haremos un poco de instrucción y te refrescaré el Código. ¿De acuerdo?

15 de diciembre de 2007

Diario del Soldado Aguador (II)

La Jonquera, Gerona. 4 de noviembre de 2017 del calendario antiguo. 4:30 de la madrugada.

En aquella mugrosa Comisaría de fronteras de los Mossos d'Esquadra el tiempo iba pasando muy lentamente. El soldado Aguador aguantaba el interrogatorio: hasta el momento, el Jefe y el Bruto, aparte de unas cuantas uñas de las manos y de los pies, sólo le pudieron arrancar el reconocimiento de que pertenecía al MAZP. Eso era algo que ya sabían porque la llamada que había recibido El Jefe venía precisamente de la mismísima presidenta Ruby Marmolejo, o sea, altas esferas. «Si es del MAZP, tratadle con un cariño especial. Ya me entiendes». Y en ésas andaban.

—Así que del MAZP, ¿eh? —comenzaba el Jefe, con una ironía que no podía esconder el placer de lo que iba a venir después—. Muy bien, ¡muy bien!, pardalet. Vamos a ver lo que eres capaz de cantar. Veremos si tu entrenamiento es tan bueno como dicen los que os han visto en acción.

El soldado Aguador no pudo reprimir un leve estremecimiento.

— ¿Qué, nos ponemos nerviosos? —siguió pinchando el Jefe, esta vez acariciando las palabras, como un dentista antes de usar el torno—. Pero si aún no hemos empezado, pardalet. Espera a tener verdaderos motivos para tener miedo.

«¿Verdaderos motivos? ¿Qué habrá querido decir este sádico vestido de uniforme?». Se preparó mentalmente para el interrogatorio. Recordó que, durante el entrenamiento, el Capitán Romeo les había dicho que podría llegar este día. Que podrían ser apresados por el enemigo, que nunca dormía cuando se trataba del MAZP. Que habían puesto precio a sus cabezas y que, por tanto, eran muy valiosos. Recordó también que el Agente Especial Asomado les había instruido acerca de la manera de proceder cuando se era interrogado.

—Lo primero —el Agente Especial Asomado se sentaba en el borde de la mesa, para impartir con mayor cercanía sus enseñanzas—, abstraeros del lugar. No creáis que os tendrán en una suite cinco estrellas, no. Os tendrán en una habitación desnuda, todo lo más con un retrato de algún personaje progre, como Pedro Almodóvar o Almudena Grandes. Bueno, pues vosotros, como si no estuvierais allí, como si las perrerías se las estuviesen haciendo a algún otro. Concentraos en algo bonito que recordéis: una mujer de bandera o un top-model, el motor de dieciséis cilindros de un buen coche, una buena música (si es metal, mejor)… Todo eso os ayudará a soportar el dolor…

Mientras al soldado Aguador iban afluyendo esos recuerdos, ahora tan vitales, el Bruto conectó, uno a uno, unos electrodos a su cuerpo. «Te vamos a fundir los plomos si no cantas La Traviata, pardalet», pensó, entusiasmado. El Bruto nunca había oído esa obra maestra de Verdi. A decir verdad, ni sabía ni le importaba quién era ese Verdi; pero tuvo un instructor en la Escola de Tècniques d'Esbrinament (la R.P. catalana se distinguió siempre por su poético vocabulario), sobrino-nieto de Carod-Rovira (hizo una carrera meteórica entre lo más violento de las huestes del tío-abuelo y demostró tener facultades como instructor), que siempre machacaba a sus alumnos que «aplicando esas técnicas serían capaces de hacerle cantar La Traviata a cualquiera». Al Bruto no se le ocurrió preguntar qué era eso de La Traviata para no ganarse un arresto por exceso de curiosidad cultural; pero se prometió a sí mismo que cuando tuviera en sus manos a un miembro del MAZP le haría cantar lo que él quisiera.

Los electrodos, finalmente estaban en su sitio. El Bruto accionó un interruptor. Ahora iba a empezar de verdad lo bueno.

Llestos, senyor —anunció el Bruto, sin disimular el placer que le producía todo aquel ritual. Le hubiera encantado saber que en La Traviata se decían estas palabras:

Gran Dio! Morir sì giovane,
Io che penato ho tanto!
Morir sì presso a tergere
Il mio sì lungo pianto!

El Jefe se desperezó lentamente e hizo crujir los dedos. Recomenzó el interrogatorio:

— ¿Quién es tu contacto en la República Catalana Independiente?

El consiguiente silencio valió al soldado Aguador una primera descarga eléctrica de mil voltios. De su garganta brotó un grito inarticulado, pero ninguna palabra.

— ¡Contesta a la pregunta! —se enfadaba el Jefe—. ¿Quién es tu jodido contacto en la República Catalana Independiente?

Nada.

A una señal del Jefe, el Bruto añadió mil voltios a la nueva descarga eléctrica. El dolor era tan lacerante que lo sentía nacer desde la raíz de los cabellos y extenderse hasta la última de sus terminaciones nerviosas. Pero el soldado Aguador resistía. Y no solamente resistía pese a que gritaba como una marrana a punto de degollar. El soldado Aguador se retiraba: su conciencia se volvía hacia adentro y aplicaba de forma automática y natural la enseñanza aprendida del Agente Especial Asomado. Se aislaba de aquel cuartucho en el que pendía una horripilante foto de Pilar Bardem, cuyos ojos exorbitados le miraban ahora de forma acusadora, como si fuera un periodista de Libertad Digital. Pero no: él no era periodista de ese medio, desaparecido en tierras catalanas debido a la acción brutal de las Comissaries del Bon Pensament. Él era, al parecer, un peligrosísimo traidor militante del MAZP que había tratado de introducir una no menos peligrosísima propaganda antirrepublicana, condensada en ese libro, La Resistencia Anti-ZP.

«Concentraos en algo bonito…». Así lo hizo el soldado Aguador y apareció ante sus ojos la imagen de la Soldado Pere.

29 de noviembre de 2007

Diario del Soldado Aguador (I)

La Jonquera, Gerona. 4 de noviembre de 2017 del calendario antiguo. 2:10 de la madrugada (hora aproximada)

Al despertar notó un dolor muy agudo en la nuca. Poco a poco los ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad y se iba percatando, lentamente, del lugar en que se hallaba. «Estoy en La Jonquera. Llevaba dos libros para que se los aprendiesen mis camaradas y me han detenido. Y de paso, me han atizado con una porra eléctrica. ¡Joder, qué daño!», pensaba, mientras se tocaba con una mano la dolorida nuca. Trató de ponerse en pie. No era nada fácil, después del porrazo que le atizaron y todas las horas que había estado inconsciente. Pero el buen entrenamiento y la camaradería que había logrado en el MAZP consiguieron que se pusiera en pie.

La celda consistía en una especie de «solución habitacional penitenciaria» de dos por dos. Nada de cemento; sólo metal. Trató de acercarse a lo que parecía la puerta; pero en cuanto puso la mano en la puerta sintió cómo una especie de puño de hierro lo arrojaba lejos de la puerta. «¿Ondas gravitacionales en la puerta de un calabozo?», se sorprendió. «¡Curioso!».

La Comisaría de los Mossos no debía de ser muy grande, puesto que él, desde su celda, distinguió al rato dos voces que hablaban entre sí. Una ronca voz de bajo, que debía de corresponder al bruto al que le olía el aliento; la otra, por tanto, pertenecía al «jefe». Por su mente pasó fugazmente la imagen del «jefe». Lo más característico era su mirada: una mirada azul, gélida y taladrante. Una mirada que delataba a un ser capaz de las mayores monstruosidades sin el menor asomo de emoción. El otro claramente era un simple «ejecutor de órdenes», aunque eso sí: las ejecutaba a placer y concienzudamente.

Este pensamiento le deprimió apenas un minuto. Trató de distraerse prestando atención a lo que ocurría a su alrededor. Parecía que el «jefe» estaba hablando por teléfono con alguien, obviamente de mayor graduación que él. En todo el rato no se oía una larga serie de «Sí, señora», «Por supuesto, señora», «Así se hará, señora». El «jefe» colgó el teléfono y luego el soldado Aguador oyó unos pasos que se dirigían hacia su celda. La puerta se abrió y entró el jefe.

— Vine amb mi, pardalet. Et faré unes preguntes i tu me les contestaràs, oi que sí? —dijo, con voz falsamente melosa y tranquila.

El soldado Aguador no respondió. El «jefe» endureció el gesto y masculló:

Tu mateix, pardalet. Si no em contestes, aquí tenim mètodes per fer-te cantar Els segadors, si cal. Mètodes molt efectius.

El soldado Aguador no pudo evitar un estremecimiento. El Jefe, ahora, cambió al castellano:

— Acompáñanos —ordenó, sin rastro de emoción alguna en su voz.

El Bruto le dio un empujón para que se moviese. Escoltado por los dos, entraron en una habitación completamente desnuda, sin ventanas. Había una mesa y dos sillas.