Año 2017 de nuestra era.
Tras nefastas acciones políticas de la Izmierda nuestra patria vive inmersa en una guerra civil. Todo lo que antaño fuese digno de amar en nuestra convulsa nación ha quedado reducido a cenizas, dejando paso a un nuevo periodo en nuestra ibérica historia: MAZP MAX
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9 de mayo de 2007

CAPÍTULO DUODÉCIMO - La mañana roja

La mañana había amanecido gris y triste. Los cielos encapotados amenazaban lluvias en el terreno de batalla. Ambos ejércitos se habían dado un respiro para los recuentos de víctimas, así como la recogida de los cuerpos. El general Claudedeu destrozado por el cansancio se dejó caer sobre unos sacos de tierra dispuestos como trinchera. Unos cuántos oficiales rodeaban a su líder esperando una respuesta. Esperando que aquel hombre les diera una solución, esperando que sacase fuerzas de donde no las había y les llevara a la imposible victoria. Empezó a llover y las gotas de lluvia recorrían su rostro mientras este alzaba la vista al cielo intentando que Dios le ayudase.

_ Son unos malditos cerdos, mientras nosotros recogemos a nuestros caídos ellos dejan a los suyos como pasto de los cuervos, son unos bastardos inmorales... _ se quejó en voz alta el Coronel Espatapájaros._ ¿Y dónde están los refuerzos del MAZP? ¿No deberían haber llegado ya? ¿A caso nos han abandonado?

_ Debemos tener paciencia, están de camino, si no han llegado antes deben tener sus razones. No debemos caer en la desesperanza, y mucho menos desconfiar de nuestro clan _ Sentenció la comandante Maya mientras intentaba realizar un firme vendaje en su brazo izquierdo, al parecer había recibido un disparo.

El presidente de la Republica permanecía en silencio con la mirada perdida, mientras sus hombres seguían discutiendo la situación.

_ Las bajas son tremendamente cuantiosas. A penas resistiremos otro combate, no estamos a la altura de su ejército. Hemos perdido las tres terceras partes de nuestros hombres. Seremos unos 1.500 o 2.000 hombres como mucho, frente a 5.000 progre-soldados. No aguantaremos... _Se lamentaba el teniente coronel Legionarius, descorazonado y abatido por la cruda realidad en la que se encontraba la república guadalmecina.

_ Esto es desastroso, no sé que decir... _ añadí aturdido.

_ ¡¡¡BASTA!!!_ estalló el presidente_ ¿Qué cojones os pasa? No veo a mis hombres, ¿donde se esconde la furia por la que soís conocidos más allá de la península? ¿Qué fue de la fuerza y el valor? ¿Dónde están vuestros puños apretados frente a la perversidad de la giliprogresía?_ todos mirábamos al suelo avergonzados por nuestra debilidad, ante los reproches de su presidente. _ Si caemos llevémonos a todos los progres que podamos a nuestra tumba. Y si depende del Señor sigamos combatiéndolos en el mismo infierno y que sus llamas les parezcan suaves cosquillas ante nuestro azote.

_ ¡Yo no me he roto la nariz en vano!_ gritó eufórico el Capitán Daniel.

_ ¡Que muerdan el polvo!_ corroboró el Coronel Zapataplús, irguiéndose, recobrado de ánimo.

_ Reunámonos en los llanos de Ambioleto, para preparar nuestra última carga. ¡Síganme los buenos!

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